VIDA EN LA SANGRE.

Maestro: Guadalupe Virginia Martinez Zambrano de Robles

Juan 6:53: Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Versículo 54: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Versículo 55: Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

Versículo 56: El que come mi carne y bebe mi sangre en mí permanece, y yo en él.

El verdadero significado de estas Escrituras es que solamente se puede obtener la vida eterna si se acepta a Jesús como Mesías y Salvador, y si creemos que su muerte expiatoria, representada en su carne y su sangre, ha pagado el precio por nuestros pecados y por los de toda la humanidad.

Jesús estaba haciendo un símil con el comer y el beber. Para que un alimento pase a formar parte de nuestro cuerpo, tenemos que comerlo y beberlo, y así obtener sus beneficios. De la misma manera, tenemos que desmenuzar y saborear todo lo que describe la OBRA DE CRISTO EN LA CRUZ.

El hecho de que hoy estemos realizando este estudio significa que estamos desmenuzando esta enseñanza para poder asimilarla y hacer que forme parte de nuestro ser espiritual. Así permanecerá en nuestro interior, formando parte de cada célula, cada pensamiento, cada deseo, cada sentimiento y de todo nuestro ser.

Su carne representa la obra realizada en la cruz. Si nosotros creemos en ella, llega a ser tan nuestra que nada podrá hacer retroceder ese proceso, porque ya forma parte de cada fibra de nuestro ser.

Romanos 8:38: Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes,

versículo 39: ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del AMOR de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Lo mismo sucede con su sangre. Fuimos rociados con ella. Así como el agua nos lava y nos purifica, y cuando la bebemos nos refresca y nos quita la sed, la sangre de Cristo, al haber aceptado sus beneficios, nos ha hecho entrar en su refrigerio y en su descanso.

Cuando pensamos en toda su obra, sabemos que la realizó con mucho amor, porque Él conocía los resultados. Su obra fortalece nuestra alma, trae sanidad a nuestra vida y nos permite dar testimonio de nuestra fe.

I. ¿En qué consiste la bendición de beber su sangre?

La sangre de Cristo nos ha colocado en una nueva relación con Dios, pero también ha hecho algo más: NOS HA RENOVADO COMPLETAMENTE.

Por eso, cuando Jesús dice: «Si no comen mi carne y no beben mi sangre», nos enseña que ninguna otra cosa podrá hacerlo. No existe nada más que pueda cumplir el propósito de los planes de Dios para la humanidad.

Todos tenemos una vida natural. Aun las personas de buenas intenciones deben saber que Jesús dijo que nadie tendrá VIDA EN SÍ MISMO. Todos necesitamos esa vida que su sangre da: una vida celestial, la vida que Jesús posee y que puede impartir a todo aquel que cree.

Toda vida debe nutrirse de una fuente exterior, pues no puede nutrirse por sí misma. La vida celestial solo puede nutrirse con comida y bebida celestial, cuya única fuente es Jesús por medio de su sangre.

Él vivió en esta tierra de la misma manera, nutriéndose de todo lo que oía decir al Padre:

Juan 10:30: Yo y el Padre somos uno.

Del mismo modo, nosotros tenemos su vida y somos su descendencia en esta tierra.

La vida eterna es la vida de Dios. Jesús vino para revelarnos esa vida, la cual Él vivió en la carne, y así enseñarnos que esa es la manera en que Dios, su Padre y nuestro Padre, había planeado que viviéramos. Al hacerlo, nos hizo hijos de Dios.

Romanos 8:16: El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

En Cristo vemos la vida eterna morando con su poder divino en un cuerpo de carne, el cual fue tomado y llevado al cielo.

Hoy tenemos esa vida eterna morando en nuestro cuerpo y seremos llevados a estar con Él, ya sea que muramos o que seamos arrebatados.

Beber la sangre del Hijo de Dios significa volverse uno con Él y participar de su naturaleza divina. Todo el poder y la gloria le pertenecen a Él.

Juan 6:57: Como me envió el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.

La unión que existe entre el Señor Jesucristo y el Padre es la misma unión que Él vino a traernos a todos los que lo recibimos. Es la unión indivisible y divina de dos personas que, en realidad, son una. Esta es una poderosa revelación de nuestro Señor Jesucristo.

II. ¿Cómo obra esta bendición en nosotros?

La primera idea que se presenta aquí es que BEBER implica la profunda y verdadera apropiación, en nuestro espíritu y por medio de la fe, de todo lo que podamos entender acerca de la sangre.

A veces decimos que debemos «absorber» todo lo que podamos de una prédica. Esto significa que ponemos nuestra mente y nuestro corazón en una enseñanza para asimilar todo su contenido.

Por lo tanto, cuando el corazón de una persona está lleno del sentido de la PRECIOSIDAD y del PODER de la sangre, y la toma por la fe para sí misma, puede decirse que ya ha bebido de la sangre de Jesús.

Todo aquello de lo que la fe se apropia nos capacita para apreciar e interiorizar la redención por medio de la sangre. El alma, con la ayuda del Espíritu Santo, la absorbe hasta lo más profundo.

Lo que esta verdad encierra se vuelve claro y podemos evidenciarlo a través de la institución de la Cena del Señor.

La Santa Cena no es algo tan simple. Así como el pan que comemos y el vino que bebemos nutren nuestros cuerpos, mucho más el cuerpo y la sangre de Cristo, apropiados por la fe, nutren, nutrirán y sostendrán a quienes los reciben.

Sin embargo, siempre existe algo más profundo. La Cena del Señor nos enseña, de una manera ciertamente real, que nosotros, a través del Espíritu Santo, nos nutrimos en los mismos cielos, aunque nuestros cuerpos estén aquí en la tierra.

Esto ocurre a través del PODER DEL CUERPO DE CRISTO. Nos nutrimos particularmente del PODER DE LA VIDA ETERNA. Así, el Señor Jesucristo relaciona la resurrección del cuerpo con el comer y beber la Santa Cena, la cual Él ordenó:

1 Corintios 11:23: Porque yo recibí del Señor lo mismo que os he enseñado: que el Señor, la noche en que fue entregado, tomó pan;

versículo 24: y después de dar gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.

Versículo 25: Asimismo, tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el Nuevo Pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.

¿Qué nos demanda la Cena del Señor? HACED ESTO.

Estas palabras ejercen poder y se convierten no solamente en una seguridad en nuestro espíritu acerca de la vida eterna, sino que también aseguran la inmortalidad del cuerpo de carne.

Efesios 4:15: Sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

versículo 16: de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

Vemos que todo esto no podría llevarse a cabo si Jesús no estuviera conectado con nuestro espíritu y nuestro cuerpo.

Efesios 5:30: Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.

Por eso podemos asegurar la comunión de los creyentes EN EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO. Al volvernos uno con su cuerpo y su sangre, somos carne de su carne y hueso de sus huesos. Vivimos y somos gobernados para siempre por un mismo Espíritu.

Jesús libró al cuerpo, al igual que al espíritu, del poder del pecado y de la muerte. Ahora somos un cuerpo y un espíritu con Él.

III. ¿Cuál debe ser nuestra actitud al respecto?

Anhelar y mantener una perfecta comunión con el Señor es la mejor preparación para vivir una vida por medio del Espíritu Santo.

Cuando dependemos de Él, nos enseña y nos da más de lo que nuestro entendimiento humano puede procesar.

Cada miembro de su cuerpo se nutre constantemente de su sangre. Así como en nuestro cuerpo la sangre lleva los nutrientes a todos sus rincones, el Espíritu de vida en Cristo, quien nos une con Él, hará de este BEBER de su sangre un acto natural de la vida interior.

Creemos con certeza que es el Espíritu Santo quien nos ayuda a apropiarnos continuamente de cada palabra que «sale de la boca de Dios». Esto es para nuestro crecimiento y para la edificación de nuestras vidas.

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