VICTORIA POR MEDIO DE LA SANGRE

Maestro: Guadalupe Virginia Martinez Zambrano de Robles

A menudo ha sucedido que, por un tiempo, el Reino de Dios parecía tener la victoria y ser superior al reino de las tinieblas. En otras ocasiones, la lucha de parte del mal era tan tenaz que casi se perdían las esperanzas.

Algo parecido sucedió en la vida del Señor Jesús. Cuando vino a esta tierra, sus maravillosas obras y sus palabras despertaron las más gloriosas expectativas en cuanto a una pronta redención.

Quienes esperaban un líder que los guiara en una batalla contra sus enemigos se sintieron decepcionados. Ellos no consideraron a Jesús como su Mesías; estos fueron los judíos.

Pero sus seguidores y quienes habían creído en Él, cuando lo vieron en la cruz, sintieron que todo había sido un horrible fracaso, pues parecía que otra vez las tinieblas lo habían conquistado todo. El Maestro, el Señor y el Mesías había muerto.

Pero no fue así. ¡Gloria a Dios! Jesús se levantó de entre los muertos y la aparente victoria de Satanás se convirtió en una aplastante derrota. Jesús, con su muerte, rompió las tinieblas en miles de pedazos, junto con todo el infierno, porque con su muerte:

Hebreos 2:14: Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,

versículo 15: y liberar a todos los que, por el temor de la muerte, estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

La muerte expiatoria de Cristo hizo ineficaz al diablo en sus artimañas contra los creyentes que han pasado de muerte a vida. Su muerte hizo posible la liberación del dominio del pecado y del temor a la muerte para quienes creen en Él.

Aunque la muerte física permanece, ya llegará el día en que seremos resucitados.

1 Corintios 15:26: Y el último enemigo que será destruido será la muerte.

Versículo 55: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?

Cuando Cristo resucitó, lo que más aterrorizó al diablo fue que él pensó que había matado al Hijo de Dios. Pero, como Jesús resucitó, todos cuantos creyeron en su nombre nacieron de nuevo.

¿Y qué fue lo que vio? A muchos como Jesús, hechos a su imagen y semejanza. Comenzaron los nuevos nacimientos y cada vez fueron más. Era como el pop corn, que comienza a salir y salir, y nunca se detendrá.

Esto somos: como Cristo es hoy, así somos nosotros aquí en la tierra, aunque suene redundante.

Apocalipsis 12:11: Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte.

A través de todo el libro de Apocalipsis vemos al Cordero en el trono. Es presentado como un Cordero inmolado que ha obtenido la posición de Rey para siempre y como nuestro Sacerdote en los cielos.

La victoria sobre Satanás y su autoridad es por medio de la sangre del Cordero.

Consideraremos la victoria de la siguiente manera:

I. Victoria ganada una vez y para siempre

Al comienzo del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo, después de ser ungido por el Espíritu Santo durante su bautismo en agua en el río Jordán, fue reconocido por Dios Padre como su HIJO AMADO, en quien Dios se complacía.

Luego, fue guiado por el mismo Espíritu Santo al desierto para ser tentado por el diablo.

La victoria sobre Satanás solamente podía ser obtenida después de que Jesús resistiera y soportara firmemente las tentaciones.

Aun así, esta victoria no era suficiente, pues tenía que morir para destruir el imperio de Satanás.

1 Corintios 15:56: El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley.

Ya que esto es así:

Romanos 7:8: Pero el pecado, aprovechándose del mandamiento de la ley…

La derrota del diablo no podía tener lugar mientras no fueran perfectamente cumplidas las demandas de la ley.

Romanos 6:23: Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Ezequiel 18:4: He aquí, todas las almas son mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo son mías. El alma que pecare, esa morirá.

En el Antiguo Testamento ya se había establecido que, por medio de los sacrificios y de la sangre derramada, se podía obtener perdón, redención y reconciliación.

El Hijo de Dios nació bajo la ley. Él la obedeció y la cumplió, resistió la tentación y se ofreció voluntariamente para llevar el castigo por el pecado en su cuerpo.

Jesús cumplió toda la ley durante su vida; Él nunca pecó. Sin embargo, cuando las Escrituras dicen que Él cumplió toda la ley y los profetas, declaran:

Mateo 5:17: No penséis que he venido para abrogar la ley y los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.

En la ley se habló de Él, los profetas hablaron de Él, y Él cumplió, con su venida y durante su vida, todo lo que la ley y los profetas decían acerca de Él.

Versículo 18: Porque de cierto os digo que, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

Por eso dijo que todo tendría cumplimiento y Él lo cumplió. No dijo que Él cumplió todo para que nosotros no tuviéramos que cumplir la ley. Mucho cuidado con esas interpretaciones.

Él derramó su sangre hasta la última gota, entregando así su vida para el perpetuo cumplimiento de la ley. Cuando la ley fue cumplida perfectamente, la autoridad del pecado y del diablo llegó a su fin.

La muerte no pudo retenerlo porque Él era inocente. Dios lo levantó de la muerte y dejó en el infierno todo el pecado y la culpa del pecado, destruyendo así su poder y el poder de la muerte.

Dios lo levantó de la muerte y Él entró en los cielos por medio de su propia sangre, para hacer efectiva su reconciliación para nosotros.

II. La victoria es por fe

1 Juan 5:4: Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.

Versículo 5: ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Juan 16:33: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Satanás es un enemigo conquistado. Él no tiene ningún derecho, absolutamente, de dirigirle la palabra a quien pertenece a Dios.

Por incredulidad, ignorancia o pérdida de la visión de nuestra victoria en Cristo, una persona puede aceptar y creer que Dios no está trabajando en su vida. Pero, como ya vimos, Dios nos tiene en la palma de su mano y no nos dejará caer de ella.

Isaías 41:10: No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

Versículo 13: Porque yo, Jehová, soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudo.

Por la fe sé quién soy en el Señor Jesús. Sé que Él mismo vive en mí y lleva a cabo en mi vida la victoria que ha ganado. Entonces somos libres; no existe ningún poder que nos ate. ¡Libres, aleluya!

La victoria por medio de la sangre del Cordero es poder en mi vida. Es poder sobre las tinieblas.

Esto no significa realizar cosas como ordenar a la naturaleza o caminar sobre el agua, si Dios no nos lo ha indicado y si no forma parte de su propósito y voluntad. No se refiere a esa clase de poder, sino al poder de Jesús contra el enemigo.

Jesús es el vencedor. Por eso, solamente necesitamos mantener nuestras mentes llenas con la visión celestial de que el enemigo ha sido expulsado de los cielos por Jesús.

Debemos permanecer firmes en la fe en su sangre y en todo lo que nos enseña la Palabra de Dios.

Romanos 8:37: Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

III. La victoria de la fe

Cristo, por medio de su sangre, nos ha hecho:

Apocalipsis 1:6: Y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

No solamente nos ha dado pureza y un ministerio sacerdotal, sino también un poder real mediante el cual podemos gobernar para Dios, hacer fructificar su plan, derrotar las tinieblas y rescatar de las manos del enemigo a quienes están perdidos.

La sangre del Cordero debe ser, de forma constante y creciente, un sello y una señal de la victoria sobre todo poder del pecado.

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