SANTIFICACIÓN POR MEDIO DE LA SANGRE

Maestro: Guadalupe Virginia Martinez Zambrano de Robles

La santificación concierne a la nueva vida, y sus características han de ser impartidas por Dios.

La santificación, que significa UNIÓN CON DIOS, es la plenitud de bendición por medio de la sangre de Cristo.

Efesios 5:25: Así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.

Versículo 26: Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua.

Primeramente, la ha PURIFICADO; entonces, la SANTIFICA.

2 Timoteo 2:21: Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra.

La santificación es una bendición que sigue y sobrepasa a la purificación.

La diferencia está muy claramente ilustrada por las ordenanzas que se daban a los levitas. Ellos estaban subordinados a los sacerdotes en el servicio del santuario.

Números 8:21: Y los levitas se purificaron y lavaron sus vestidos, y Aarón los ofreció en ofrenda delante de Jehová, e hizo Aarón expiación por ellos para purificarlos.

Todo este ceremonial era un tipo de la santificación que tendría lugar, a su tiempo, por la sangre de Jesús. Lo que queremos dar a entender es que nosotros debemos tener en cuenta el plan perfecto de Dios, que el pueblo de Israel no quiso entender ni seguir.

I. ¿Qué es la santificación?

Para entenderlo, primero tenemos que saber qué es la santidad de Dios. Solamente Él es santo y es el único que otorga la santidad.

La santidad no es solo el odio al pecado; por eso, tampoco tolera el pecado.

La santidad es el atributo de Dios por el cual Él siempre es, será y hará lo que es de supremo bien. Su deseo siempre será solo el bien para sus criaturas.

Jeremías 29:11: Porque yo sé muy bien los planes que tengo para vosotros, afirma el Señor, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.

A Dios se le llama EL SANTO varias veces, no solamente porque Él castiga el pecado.

Isaías 13:11: Y castigaré al mundo por su maldad y a los impíos por su iniquidad; y haré que cese la arrogancia de los soberbios y abatiré la altivez de los despiadados.

Jehová es el Redentor de su pueblo. Es su santidad, que siempre desea el bien supremo, lo que lo movió a redimirnos.

Tanto la ira de Dios, que castiga el pecado, como el amor de Dios, que redime al pecador, salen de la misma fuente: SU SANTIDAD. Es, por lo tanto, la perfección de la naturaleza de Dios.

La santidad en el hombre es una disposición de total acuerdo con Dios, con su obra y con su Palabra, mediante la cual el ser humano escoge, con su voluntad y libertad, hacer suya la voluntad de Dios.

1 Pedro 1:16: Porque escrito está: SED SANTOS PORQUE YO SOY SANTO.

La santidad en nosotros es una perfecta identificación con Dios. Esto se lleva a cabo por medio de la redención y es revelado en nuestro corazón. Luego, los frutos hablan de nuestra transformación y de nuestra santificación, pero no seremos conscientes de ellos hasta que los leamos en su Palabra.

A. Santificación = separación

Aquello que es tomado y sacado de su entorno por decisión de Dios queda separado para su POSICIÓN Y SERVICIO solo para Él.

1 Pedro 2:9: Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Esto no significa solo separación del pecado, sino de todo lo que hay en el mundo y de su sistema inmundo, aun de aquello que es permisible para el sistema de este mundo.

De esta manera, Dios santificó el séptimo día. Esto no significa que los demás días fueran malos. Él lo santificó cuando dijo:

Génesis 1:12: «…y vio Dios que era bueno».

Dios tomó el séptimo día como un acto especial de su voluntad. De la misma manera, Dios había separado a Israel de las otras naciones con un propósito. Dentro de Israel, separó a los sacerdotes para que fueran santos, porque ellos eran quienes daban la palabra al pueblo.

Esta separación para la santificación es siempre una obra de Dios. La elección y la santificación están siempre ligadas.

Él debe ser el único poseedor y gobernante de aquellos a quienes revela e imparte su santidad.

Dios es quien nos separa para sí, pero el hombre no debe creer que es por sus méritos. Así como se separaba un utensilio para el servicio de Dios y este era santificado, no habría diferencia si no fuera porque el hombre debe hacerlo con su voluntad. El hombre debe rendir su voluntad y su corazón a esa separación de santificación. Esto incluye una consagración personal a Dios con todo su ser y con todo el deseo de su corazón. Dios da su santidad, pero no obliga a nadie a aceptarla.

1 Tesalonicenses 4:7: Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.

Versículo 8: Así que, el que desecha esto no desecha al hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo.

La separación y la consagración a Dios son, en conjunto, sus bendiciones. Tan solo son la preparación para la gloriosa obra que Dios hará a medida que permitamos la santidad en nuestra alma, es decir, en nuestros pensamientos y actitudes.

1 Pedro 1:15: Sino que, así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir.

Versículo 16: Porque escrito está: Sed santos porque yo soy santo.

Él mora en nosotros. Solamente la presencia de Dios puede santificar.

La Biblia habla de que Dios mora en nuestros corazones con tal magnitud de poder que seremos llenos con la plenitud de Dios.

Efesios 3:17: De manera que Cristo more por la fe en nuestros corazones, y que, arraigados y cimentados en amor,

versículo 18: seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad,

versículo 19: y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento.

Esto es lo que significa la santificación.

II. Esta santificación fue el objetivo por el cual Cristo sufrió

Hebreos 13:12: Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, «padeció fuera de la puerta».

«Fuera del campamento» se refiere a la crucifixión de Cristo fuera de los muros de Jerusalén. Simboliza el rechazo social y religioso.

El día de la expiación, quemaban los sacrificios fuera del campamento, lejos de donde Israel vivía. Esto nos anticipaba que el Mesías iba a ser crucificado fuera de Jerusalén.

Para santificar al creyente, Cristo tuvo que sufrir. Así pudo apartarnos para Dios, quitando el pecado y la culpabilidad.

Juan 17:19: Y por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Jesús se aparta a sí mismo para su muerte expiatoria, en cumplimiento de la Palabra.

Éxodo 12:5: El cordero será un macho sin defecto, de un año; lo apartaréis de entre las ovejas o de entre las cabras.

Versículo 6: Y lo guardaréis hasta el día catorce del mismo mes; entonces toda la asamblea de la congregación de Israel lo matará al anochecer.

Esto indica que debía ser apartado para el sacrificio.

Cuando Israel salió de Egipto, este fue el primer sacrificio que hicieron. Fue la sangre de ese cordero, que pusieron en sus puertas y ventanas, la que evitó el castigo que cayó sobre los egipcios.

En las tentaciones, Jesús debía mantener y mostrar cuán perfecta y total era su voluntad, rendida a la santidad de Dios. Su voluntad estaba perfectamente en sujeción al Padre.

Fue en el huerto de Getsemaní donde manifestó esta sujeción. Él rechazó cualquier tentación y pensamiento que pudiera impedir que se cumpliera la voluntad del Padre y que muriera en esa cruz. Se ofreció a sí mismo y, a través de su santificación, nosotros recibimos el poder para vivir una vida santa.

Hebreos 10:8: Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda, y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste ni te agradaron —las cuales se ofrecen según la ley—.

Versículo 9: Y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero para establecer esto último.

La muerte expiatoria de Cristo abolió los sacrificios del A. T. y estableció, una sola vez y para siempre, su propiciación como base de la salvación y de la aceptación delante de Dios.

Es en su perfecta obediencia que somos santificados. La verdadera relación entre Dios y los creyentes está caracterizada por tener la santificación como clave principal.

Hebreos 2:11: Porque tanto el que santifica como los que son santificados son todos de un Padre. Por lo cual, Él no se avergüenza de llamarnos hermanos.

Por su santificación y relación con el Padre, los creyentes llegamos a ser hijos de Dios y Cristo nos llama sus hermanos.

Versículo 12: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te cantaré himnos.

Este versículo se encuentra en el Salmo 22. Nos habla de la pasión de Cristo desde su apresamiento hasta su resurrección. Por eso, Hebreos puede tomar este versículo 12 y presentarlo a sus lectores para enseñarnos qué beneficios tenemos en su santificación.

Los efectos universales de la liberación que nos trae Jesús abarcan todas las naciones, todos los niveles de la sociedad y todos los tiempos de la humanidad: presente, pasado y futuro. Esto le da validez textual a la identificación con el Cristo sufriente y resucitado.

Si de veras estamos dispuestos a entender lo que significa la santificación por la sangre y queremos experimentarla, es de primordial importancia que nos aferremos al hecho de que la santificación es el propósito por el cual Cristo ha sufrido hasta derramar su sangre, la cual es el medio de toda bendición.

III. ¿Cómo se obtiene la santificación por medio de la sangre?

Podemos afirmar categóricamente que, una vez que hayamos hecho a Jesús el Señor de nuestras vidas, cada uno de nosotros es participante de la virtud de la sangre. Por ello, ya somos santificados y somos, a los ojos de Dios, personas santas.

No queremos que nadie piense que primero hay que entender todos los beneficios. No; lo entendemos por fe y lo descubrimos al recibir la revelación. Sus efectos son nuestros y continuaremos experimentándolos por siempre, y más aún cuando estemos con Él por toda la eternidad.

Vuelvo a repetir: esto lograremos comprenderlo a través del conocimiento de la Palabra de Dios, como todas sus bendiciones.

1 Corintios 6:20: Porque habéis sido comprados por precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

El énfasis es que debemos huir de las tentaciones y reconocer que nuestro cuerpo es posesión de Dios, pues fuimos comprados por la obra redentora de Cristo.

Bueno, hermanos, hemos completado un capítulo más de nuestro estudio. Vuélvanlo a leer, medítenlo y sean inmensamente bendecidos.

En unos días pondré el capítulo 6. Faltarían otros cuatro para terminar este curso y continuar con otro. Gracias por su atención. No se olviden de que, si tienen algún comentario o pregunta, pueden escribir por este medio, que gustosa responderé. Bendiciones.

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