LIMPIOS POR LA SANGRE PARA SERVIR AL DIOS VIVO
Maestro: Guadalupe Virginia Martinez Zambrano de Robles
Después de nuestro estudio sobre la santificación por medio de la sangre, vamos a ocuparnos de considerar lo que involucra una íntima relación con Dios, en la cual somos introducidos por medio de la santificación.
Podemos tomar ejemplos de cómo Dios instruía al pueblo de Israel. Dios era tan santo que estableció sus leyes para preservarlos y evitar que murieran por no conocer cómo era su santidad.
Primeramente, hablaremos de la rebelión de Coré.
¿Por qué ocurrieron los hechos?
Números 16:3: Y se juntaron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: «¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos y el Señor está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, os levantáis por encima de la asamblea de Dios?».
Al parecer, Coré creía que todos los miembros de la tribu de Leví, a la que pertenecían los conspiradores, eran santos y aptos para el servicio especial del tabernáculo. Eran quienes asistían en los quehaceres, como barrer, limpiar, lavar, etc., y en todo lo relacionado con el tabernáculo. Ellos tenían que vivir bajo las órdenes de Eleazar, sumo sacerdote, pues no tenían acceso al Lugar Santísimo.
Abiertamente, se pusieron contra los líderes que Jehová había levantado para guiar a su pueblo a la Tierra Prometida. Ignorar las leyes de Jehová les trajo la muerte, y su rebelión fue castigada.
La conspiración de Coré hizo que quienes lo seguían estuvieran convencidos de que pertenecer a esa tribu los calificaba automáticamente para el servicio. De la misma manera, hoy muchos creen que asistir a una iglesia ya los hace merecedores de la salvación o que esa es la manera de obtenerla, sin tener en cuenta que su Palabra dice:
Juan 3:16: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Como ya vimos, desde Génesis hasta la eternidad, esta es la única manera de ser aceptables ante Dios.
Dios ya había aceptado e instituido a Aarón y a su descendencia para que fueran los sacerdotes. La rebelión de Coré dejó un ejemplo de lo que no se podía hacer.
Números 16:28: Y Moisés dijo: En esto conoceréis que el Señor me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es iniciativa mía.
Versículo 32: Y la tierra abrió su boca y se los tragó, a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré y a todos sus bienes.
Fueron excluidos por Dios porque Él conocía sus corazones.
Cuando Moisés les dijo que tomaran incensarios, les indicó que hicieran algo que ellos pensaban que podían realizar como parte del servicio en el tabernáculo.
Versículo 16: Dijo Moisés a Coré: Tú y todo tu séquito poneos mañana delante de Jehová —esto es, a la puerta del tabernáculo—; tú, ellos —su séquito— y Aarón.
Versículo 18: Y tomó cada uno su incensario, pusieron en ellos fuego, echaron incienso y se pusieron a la puerta del Tabernáculo de Reunión con Moisés y Aarón.
Versículo 35: También salió fuego de delante de Jehová y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso.
Como ya saben, con los incensarios quemados, Jehová les dijo a Moisés y a Aarón que hicieran otra cubierta para colocarla encima del altar del holocausto, que ya tenía una cubierta de bronce. Esto serviría para que todos recordaran que nadie podía tomar el lugar de los sacerdotes y que solo se podía ser sacerdote de la manera que Dios había establecido.
Otro ejemplo de desobediencia a la santidad de Dios se encuentra en:
Levítico 10:1: Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño que Él nunca les mandó.
Versículo 2: Y salió fuego de delante de Jehová, los quemó y murieron delante de Jehová.
La ofensa a Dios consistió en que se aventuraron a entrar con incensarios, sin autorización alguna, para desempeñar el servicio del incienso. Además, entraron los dos juntos, cuando solamente Aarón, su padre, podía hacerlo y solo una vez al año.
Quienes desafiaron a Dios sin obedecerlo sufrieron las consecuencias, como está escrito:
Ezequiel 18:4: El alma que pecare, esa morirá.
Todo esto nos enseña que es Dios quien nos da su santidad, la santificación y el derecho de morar en su presencia, única y exclusivamente a través de su sangre.
La preciosa sangre de Cristo ha abierto para el creyente el camino a la presencia de Dios y a una relación estrecha con Él, como una profunda realidad espiritual. Quien ha recibido a Jesús como su Señor y Salvador ha entrado en un lugar tan cercano a Dios que siempre puede habitar en su presencia y disfrutar del gozo de sus bendiciones.
Mateo 27:51: Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron.
Al morir Jesús, el velo del templo que nos separaba de la presencia de Dios se rasgó. La carne que nos separaba de su presencia fue clavada en la cruz. Ese hombre de carne murió para dar paso al hombre espiritual.
Gálatas 5:24: Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.
Romanos 8:10: Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.
I. El derecho de morar en su presencia
El rociamiento de la sangre que santifica al hombre le confiere el derecho de tener una relación personal con su Redentor, al mismo tiempo que lo marca como una posesión apartada para Él.
Salmo 65:4: Bienaventurado el que tú escoges y atraes para ti, para que habite en tus atrios. Seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo.
Aquellos que pertenecen a Dios pueden vivir y, aún más, deben vivir en una estrecha relación con Él. Esto se ilustra en el caso de nuestro GRAN SUMO SACERDOTE, quien, por medio de su sangre, entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo.
Hebreos 10:19: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,
versículo 20: por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,
versículo 21: y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
versículo 22: acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura.
La palabra ENTRAR se utilizaba para el sacerdote que, una vez al año, entraba al Lugar Santísimo. Sin embargo, ahora nosotros tenemos libre entrada y, aún más, permanecemos en ese lugar.
Una de las más gloriosas bendiciones hechas posibles por el poder de la sangre es la de pertenecer y permanecer en el trono de la gracia, en la misma presencia de Dios. Allí, el hijo de Dios tiene la seguridad de que sus promesas son suyas y le pertenecen. Vive diariamente con su Padre celestial, de manera que puede conversar con Él. Dios hará que nada le falte y somos guardados en completa paz.
Isaías 26:3: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado.
Esto incluye todo lo que implica la palabra paz: salud, bienestar y seguridad.
PENSAMIENTO: Lo que imaginas; la capacidad de concebir proyectos e ideas.
El creyente descansa firmemente en el Dios eterno y disfruta de la paz en todas sus dimensiones y manifestaciones. Cada vez más, la influencia progresiva de Dios hace que el creyente se sienta motivado a practicar la santa obediencia a su voluntad.
En su ser interior va fortaleciéndose, pues Dios, quien es su fortaleza, está siempre junto a él. La comunión con Dios se manifiesta en su vida diaria y también en su carácter. La presencia de Dios lo llena de humildad y reverencia, pues vive todos los días ante ella.
Una auténtica relación íntima con Dios tiene como propósito la comunión. Esta es la verdadera vida cristiana.
II. La vocación de ofrecer sacrificios espirituales a Dios
La satisfacción y el gozo de los sacerdotes al acercarse a Dios, en el lugar donde Él moraba, estaban subordinados enteramente a algo más elevado: ellos estaban allí como siervos del Lugar Santo, para traer y entregar a Dios aquello que le pertenecía.
Su servicio consistía en:
A. Llevar la sangre al Lugar Santísimo
Llevaban la sangre al Lugar Santísimo para rociarla sobre el propiciatorio.
B. Preparar el incienso
Preparaban el incienso para llenar su casa de fragancia.
C. Mantener el lugar arreglado y limpio
Debían mantenerlo arreglado y limpio, de acuerdo con lo instituido por Dios, de modo que fuera un lugar digno donde pudiera morar El-Shaddai, el Todopoderoso.
Si la sangre de Cristo nos acerca y nos abre el camino a Dios, también es importante que vivamos delante de Él como siervos y le llevemos los sacrificios espirituales que le son agradables.
1 Pedro 2:5: Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
Todo lo que el cristiano hace de acuerdo con su voluntad y andando en sus caminos se convierte en una ofrenda espiritual. Aunque solamente lo haga inspirado por el amor de Dios, su servicio será agradable ante los ojos de Dios.
1 Corintios 19:31: Así que, ya sea que comáis, que bebáis o que hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.
Colosenses 3:1: Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.
III. El poder de procurar la bendición para otros
Este privilegio ahora nos corresponde a todos los creyentes en Jesús, como sacerdotes del Nuevo Pacto.
Podemos ejercer nuestro sacerdocio de dos maneras:
A. Por medio de la intercesión
La intercesión es mucho más que pedir. Encuentra su poder en la ORACIÓN DE FE. Es algo diferente a derramar nuestros deseos delante de Dios y dejarlos allí.
Como creyentes, pasamos todo el tiempo que podamos leyendo su Palabra y apoderándonos de las promesas que contiene. Permitimos que el Espíritu Santo nos enseñe qué palabra es la adecuada para aplicar en cada situación particular. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro corazón de que Dios nos oye.
1 Juan 5:14: Y esta es la confianza que tenemos en Él: que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye.
Versículo 15: Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.
Orar es estar de acuerdo con la voluntad de Dios. La oración inmadura trata de manipular a Dios y considera la oración como un arma para obligarlo a cumplir sus promesas. La oración verdadera no es un esfuerzo humano por persuadir a Dios.
Nosotros oramos de conformidad con su voluntad. Luego, descansamos en fe, confiados en que Dios nos oye y en que aquello que le pedimos ya es nuestro o de la persona por quien lo pedimos.
Para orar con autoridad y recibir respuesta, asegúrate de que aquello que pides sea su voluntad y se encuentre en la Biblia.
Creer que Él nos oye es tan importante como lo anterior.
Permanecer sin apartarnos de aquello por lo que hemos orado es igualmente importante, porque solo así evidenciamos, sin dudar, que fuimos oídos.
B. Como instrumentos
Cada creyente es llamado a trabajar en beneficio de otros. El creyente sabe que Dios lo ha bendecido para ser de bendición a los demás.
Todo está preparado para que nuestra vida sea de calidad superior y de gozo para ser de bendición a los demás.
Todo está preparado para que nuestra vida sea de calidad superior y de gozo inefable en su presencia, cuando lo veamos cara a cara.
La bendición de cohabitar con Dios, de servir en su casa y de impartir su bendición a los demás también se recibe por medio de la fe en su sangre.
En el poder de su sangre tenemos la seguridad de que sus promesas se cumplirán. De nuestra parte, debemos rendirnos totalmente a su voluntad. Cuanto mayor sea nuestra experiencia en el poder de su sangre, más íntima y estrecha será nuestra relación con Dios, y más poderoso y fiel será nuestro ministerio para Él.
