GOZO CELESTIAL POR MEDIO DE LA SANGRE

Maestro: Guadalupe Virginia Martinez Zambrano de Robles

I. La sangre nos confiere el derecho a un lugar en el cielo

Apocalipsis 7:9: Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del CORDERO, vestidos con ropas blancas y con palmas en las manos.

Versículo 10: Y clamaban a gran voz, diciendo: «LA SALVACIÓN PERTENECE A NUESTRO DIOS, QUE ESTÁ SENTADO EN EL TRONO, Y AL CORDERO».

Versículo 11: Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios,

versículo 12: diciendo: Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, la honra, el poder y la fortaleza sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Versículo 13: Entonces uno de los ancianos habló, diciendo: «Estos que están vestidos con ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».

Versículo 14: Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: «Estos son los que han salido de la gran tribulación, han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero».

Así como ellos, nosotros también estaremos en las mansiones celestiales, con nuestras ropas emblanquecidas por la sangre del Cordero.

Juan, el apóstol de Jesucristo, vio en su espíritu toda esta descripción. Él nos revela que no solamente en este mundo la sangre de Jesús es la única esperanza para todo ser humano, sino también en los cielos, donde ya no se encuentra ningún enemigo, gracias a que Jesús conquistó todo principado, potestad y dominio. Lo hizo con su sangre.

A través de toda la eternidad, cada uno de los redimidos llevará la marca de lo que la sangre del Cordero significa para el creyente.

Haber sido lavados en su sangre nos confiere un lugar en la gloria de Dios.

II. La sangre nos lleva a unirnos en cánticos en el cielo

Apocalipsis 5:9: Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación;

versículo 10: y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra».

El Señor Jesús, como un Cordero inmolado cuya sangre ha sido derramada, es el ser principal de toda alabanza de los redimidos en los cielos.

La sangre del Cordero sigue siendo el poder que hace que los salvos le canten llenos de gozo y de acción de gracias. Él se dio a sí mismo por nosotros, y su sangre es la garantía de que nos impartió su amor.

Vendrá el tiempo en que experimentaremos y estaremos bajo la inmediata e incesante manifestación de su amor y de la vida celestial. Permaneceremos llenos y satisfechos de su amor.

En esta tierra, gracias al Espíritu Santo, podemos experimentar el amor de Dios en nuestros corazones. Pero ¡qué glorioso será el día en que lo miremos cara a cara y digamos: «Gracias, gracias»! Nuestro agradecimiento nunca terminará.

Que nuestra vida sea lo que debe ser: un incesante cántico a Aquel que nos ha lavado en su sangre y nos ha hecho sus hijos para siempre.

A ÉL SEA LA GLORIA Y EL IMPERIO POR SIEMPRE. AMÉN.

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